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Pastor Colaborador | 23:12

Cuentos del Pastor - El Guardaespalda del presidente Peron

Miguel Ángel había sido guarda espalda personal del Presidente Perón toda su vida. 
Tenía cerca de dos metros de altura, y pesaba unos 160 kilos. Lo conocí mientras visitaba el Hospital Presidente Plaza.
La historia de Miguel, fue interesante. 
Siempre escuchó con atención las historias, y relatos míos cuando los predicaba en la sala. Es más, una silla al costado de su cama, fue la plataforma de muchos de esos mensajes.

Hablábamos de muchos y variados temas. El había viajado por todo el mundo, y tenía historias a montones.
Nada le había faltado jamás: dinero, fama, mujeres y todos los lujos que se pueden imaginar; y según él lo definía: -¡Estaba hecho!
Fue el segundo más importante en la comitiva presidencial, y uno de los más cercanos amigos del presidente.
Llegó a La Rioja por recomendación del entonces gobernador Carlos Menem. Y hacía ya un año y medio que permanecía internado, esperando su curación y la jubilación nacional.
Según él relata, se lastimó mientras se cortaba una uña del pie izquierdo. La diabetes impidió la cicatrización y una infección importante le tomó parte del mismo. 
Los médicos -creo entender- nunca le dijeron la verdad, y llegó el día en que le dejaron salir, para que muriera afuera.

Tenía mal humor casi todo el tiempo, aunque con los enfermos de la sala mostraba cierta simpatía. En lo particular, no recuerdo algún maltrato suyo para mi persona.
Siempre que llegábamos al momento de tomar la decisión por Cristo, mientras los demás aceptaban hacer la oración, él la postergaba.
-Ya lo haré, ya la haré uno de estos días… decía sosteniendo con diplomacia su voluntario rechazo.

Un día la confrontación con el Espíritu Santo fue tan grande, que dijo lo siguiente:
-Cuando salga de aquí voy a llegarme a tu Iglesia. Ese día voy a entregarme a Cristo y voy a arrepentirme de todo. ¡Te lo prometo!

Quizás ésta fue una falsa promesa para terminar con mi insistencia de que aceptara a Jesús; quizás no. 
Prefiero pensar que fue legítima, aunque ideada desde un sutil engaño satánico que sabía el final desde un principio.

Y el día finalmente llegó. 
Miguel estaba en pie de nuevo. Lo acompañe al Hotel de mi tío para que descansara esa noche. Era miércoles, lo recuerdo muy bien, porque al otro día tendríamos reunión de oración.

Cuando me despedí, recordó su promesa:
-¡Mañana a la tarde vamos a la Iglesia! ¡Mañana me entrego a Cristo!

Lo dejé entusiasmado, con muchos planes y sueños por concretar.
Esa fue la última vez que vi vivo a Miguel.

Temprano a la mañana sonó el teléfono:
-Rubén, tenés que venir al Hotel. El hombre que trajiste anoche, murió a las 4 de la mañana. No tenemos datos de él, y aquí está la Policía. -dijo uno de mis primos; mientras yo no caía del asombró y pensaba:

-¡Miguel ha muerto! ¡Miguel se ha ido sin Cristo!
Reflexión:
Cada vez que alguien posterga cordialmente el llamado, y cada vez que veo la indiferencia gentil al mensaje, pienso en la historia de Miguel Ángel.
¡Tanto tiempo escuchando del Señor y de su infinita gracia y misericordia! ¡Y siempre con tozuda indiferencia! Adueñándose de la decisión y resistiendo con la falsa seguridad de vivir toda la vida.
¿Y cuánto tiempo queda? ¿Cuánta más gracia será derramada?
Quienes están en tormento, reclaman a grito desesperado el volver a ese tiempo de oportunidad que ya no tendrán. 
Mientras el hombre y la mujer de hoy viven en la más abierta rebelión contra su Creador, ignorando voluntariamente el destino de sus almas.
Mi clamor este día es: ¡Vuélvete, arrepiéntete, ora, búscale, vuelve en sí por amor de Dios!

Tus buenas intensiones y tus buenos planes podrían no ser suficientes.
Pastor Rubén Herrera
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