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Alejandro Gonzalez | 23:58

Los ¿porqué Dios? que en verdad son ¿para que Dios?

En esta ocasión amigos de VCM he de traerles para compartir un #sermón publicado en el muro de un amigo personal Norberto Rodriguez de la ciudad de Carlos Paz, quien es un católico devoto y me pareció bien publicarlo respetando el objetivo interdenomicional -aclaro no ecuménico- que persigue esta web. 

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lc18:9-14)

¡Buenos días, amigos!

El tema que la Palabra de Dios nos propone hoy lo ha expresado con toda claridad -la máxima autoridad católica- el Papa Francisco en múltiples ocasiones: “La esencia del cristianismo es reconocerse necesitado de la misericordia de nuestro Padre Dios”. Sólo así conseguimos vivir de verdad nuestra fe como creyentes.

El amor y el perdón de Dios son la gran novedad que proclama el salmo de hoy. Es bueno orar con él cuando nos sentimos abrumados por nuestras culpas. Necesitamos de la bondad de un Dios Padre que nos abraza y nos perdona absolutamente todo, siempre, sin cansarse.

A veces nos hacemos la pregunta: ¿Qué tengo que hacer para merecer el perdón de Dios? ¿Cómo estaré seguro de que Dios me ha perdonado? ¿Es suficiente con confesarse?

Para responder a esas preguntas Jesús dijo la parábola que leemos hoy.

Algunos, teniéndose por justos, santos y limpios, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Cumplían a cabalidad una serie de normas y preceptos y por eso se sentían con todo el derecho de presentar en su oración una especie de «cobro» a Dios.

Jesús desenmascara esta actitud y abiertamente declara perdonado al hombre que delante de Dios se siente pecador, necesitado del amor y de la compasión divina. Mientras que el otro, el fariseo, no logra el perdón, porque cree que no la necesita y por tanto, no lo pide.

Una corta historia 

Si uno pide con fe, el Señor siempre nos escucha:

“El único sobreviviente de un naufragio fue visto sobre una pequeña isla. Estaba orando fervientemente y pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.

Aburrido y para pasar el rato empezó a construir una pequeña cabaña para protegerse y proteger sus pocas pertenencias. Un día, después de andar buscando comida por el interior de la isla, regresó y encontró la pequeña choza en llamas, el humo subía hacia el cielo...Todo lo poco que tenía se había perdido. Desesperado, cayó de rodillas en la playa y le gritó a Dios:

-“Dios mío, ¿cómo pudiste hacerme esto?

Y se quedó dormido por la tristeza sobre la arena.

Temprano, a la mañana siguiente, escuchó asombrado la sirena de un barco que se acercaba a la isla. Al principio creyó que se trataba de un sueño. Pero ante el repetido sonar de la sirena, se convenció de que era verdad: ¡¡¡venían a rescatarlo!!!

Una pequeña lancha se acercó hasta la orilla y unos marineros lo invitaron a subir.

El pobre náufrago sólo acertó a preguntar:

-Pero, señores, ¿cómo supieron que yo estaba aquí perdido?

-Vimos las señales de humo que nos hiciste, respondieron ellos.

Nuestro Padre Dios siempre está a nuestro favor y hasta las cosas más difíciles se pueden convertir en una bendición”.

por Vuestro hermano en la fe. Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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